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        <title>Libro</title>
    </head>
    <body>
        <h1>
           La isla del tesoro
        </h1>
       <h2>
           CAPÍTULO I
        </h2>
        <h3>
           EL VIEJO LOBO MARINO EN LA POSADA DEL "ALMIRANTE BENBOW"
        </h3>
        <p>
            Imposible me ha sido rehusarme á las repetidas instancias que el
            Caballero Trelawney, el Doctor Livesey y otros muchos señores me han
            hecho para que escribiese la historia circunstanciada y completa de la
            Isla del Tesoro. Voy, pues, á poner manos á la obra contándolo todo,
            desde el _alfa_ hasta el _omega_, sin dejarme cosa alguna en el tintero,
            exceptuando la determinación geográfica de la isla, y esto tan solamente
            porque tengo por seguro que en ella existe todavía un tesoro no
            descubierto. Tomo la pluma en el año de gracia de 17--y retrocedo hasta
            la época en que mi padre tenía aún la posada del "_Almirante Benbow_," y
            hasta el día en que por primera vez llegó á alojarse en ella aquel viejo
            marino de tez bronceada y curtida por los elementos, con su grande y
            visible cicatriz.
        </p>
        <p>
            Todavía lo recuerdo como si aquello hubiera sucedido ayer: llegó á las
            puertas de la posada estudiando su aspecto, afanosa y atentamente,
            seguido por su maleta que alguien conducía tras él en una carretilla de
            mano. Era un hombre alto, fuerte, pesado, con un moreno pronunciado,
            color de avellana. Su trenza ó coleta alquitranada le caía sobre los
            hombros de su nada limpia blusa marina. Sus manos callosas, destrozadas
            y llenas de cicatrices enseñaban las extremidades de unas uñas rotas y
            negruzcas. Y su rostro moreno llevaba en una mejilla aquella gran
            cicatriz de sable, sucia y de un color blanquizco, lívido y repugnante.
            Todavía lo recuerdo, paseando su mirada investigadora en torno del
            cobertizo, silbando mientras examinaba y prorrumpiendo, en seguida, en
            aquella antigua canción marina que tan á menudo le oí cantar después:
        </p>
        <p>
            <strong>
                "Son quince los que quieren el cofre de aquel muerto
                Son quince ¡yo--ho--hó! son quince ¡viva el rom!"
            </strong>
        </p>
        <p>
            con una voz de viejo, temblorosa, alta, que parecía haberse formado y
            roto en las barras del cabrestante. Cuando pareció satisfecho de su
            examen llamó á la puerta con un pequeño bastón, especie de espeque que
            llevaba en la mano, y cuando acudió mi padre, le pidió bruscamente un
            vaso de rom. Después que se le hubo servido lo saboreó lenta y
            pausadamente, como un antiguo catador, paladeándolo con delicia y sin
            cesar de recorrer alternativamente con la mirada, ora las rocas, ora la
            enseña de la posada.
        </p>
   </body>
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